7/10/11

Historia de un cuento.

Se quedó mirándome, inquieto. Con una de esas miradas que lo dicen todo, de esas en las que no hace falta abrir la boca. Me siguió hasta el salón y se sentó a mi lado. Hubo unos minutos de silencio bastante incómodos porque ninguno de los dos se atrevía a tomar la iniciativa. Miré el reloj y tan solo habían pasado unos segundos, estaba siendo la situación más difícil de mi vida. 

Entonces hablé. Cuando me di cuenta estaba soltando un montón de barbaridades sin coherencia ninguna. Seguramente estaría diciendo todo lo que en realidad no pienso y me estaría callando todo lo que quería decir. No sé explicar muy bien por qué pero supongo que será porque nunca me sentiré segura de admitir delante tuya que me muero por dejar de hacer el tonto contigo y que me encantaría hablar de qué cojones nos pasa de una vez. 

De repente, me miraste... me cogiste la mano y me hiciste un gesto para que me callara. Tocaste mi pelo y lo colocaste delicadamente detrás de mi oreja, sin parar de sonreírme. Te acercaste a mi oído y pronunciaste las dos palabras que podían cambiarlo todo, las dos palabras que llevaba esperando oír muchísimo tiempo. Te miré, más segura que nunca y por fin hice aquello que nunca pensé que me atrevería a hacer: te besé.

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