3/12/09

Un dia de lo más normal

No hay nada que odie más en este mundo que ser el centro de atención, que todo el mundo me mire. No lo soporto. Pues eso me pasó a mi, durante casi dos años he sido el centro de atención de todos los lugares que me rodeaban. Mi casa, el instituto, mi clase de piano...incluso mi propia habitación ha sido participe de esto.

Todo empezó un miércoles de diciembre. Un día normal, con mis zapatos normales y mi bufanda normal. La lluvia normal de todas las mañanas y el frío normal del invierno. Los mismos charcos normales y los mismos amigos...creo que aquí no debería decir esa palabra. Ellos son únicos, son locos y dentro de su locura incluso están un poco cuerdos. Han sido todo para mi durante estos dos largos años. Pero, como iba diciendo, era un día completamente normal.

Mi despertador sonó exactamente a las siete menos cinco de la mañana, ya que acostumbro a poner la radio a esas horas. Me gusta escuchar las noticias y preocuparme un poco por la humanidad (aunque pocas personas lo hagan). Recuerdo los ladridos y lametazos de mi perro Cocki como si hubiera sido ayer. Cuando me levanté, mi madre ya le estaba pegando mil gritos a Diego para que se levantara de la cama. Diego tiene dos años menos que yo y es mi hermano, aunque a veces no le soporto, no lo cambiaría ni por la mayor de las fortunas. Levanté la persiana, la lluvia y el granizo sacudían mi ventana como si fueran piedras. Abrí mi armario y elegí mi conjunto de los miércoles. Vaqueros, jersey de punto y mis victoria favoritas. No me gusta llamar demasiado la atención, por eso me visto lo más normal que puedo. Nada de tacones, ni colores chillones.

Abrí la puerta de mi habitación y me dirigí al baño. Me vestí y recogí mi pelo rubio en una cola de caballo, peinando suavemente mi flequillo y dejando algunos tirabuzones sin recoger. Cuando miré el reloj ya habían pasado de las siete y media. No me daba tiempo a desayunar porque si no perdería el autobús, así que cogí mi mochila y fui a buscar a Marta.

De su casa a la mía hay exactamente cinco minutos y treinta y siete segundos. Siempre me espera en su portal para coger el autobús juntas y por el camino ir contándonos alguna tontería de adolescentes. Cuando llegué a su casa y la miré, pude notar en su mirada que estaba algo enfadada. Supuse que sería porque llegaba seis minutos tarde, así que no le di demasiada importancia. Íbamos de camino al autobús y derepente me di cuenta de que había parado de llover. Noté un cierto vacío en las calles. Normalmente, por extraño que parezca, las calles de mi ciudad a estas horas de la mañana están abarrotadas. Subimos a nuestro autobús, y estaba completamente vacío.

- ¿No notas algo extraño hoy? - le dije a Marta un poco preocupada.

- No. ¿Qué quieres que note? - me respondió.

- ¿No te has dado cuenta de que las calles están vacías? Y...ha parado de llover.

- Estás dándole demasiada importancia a algo que no la tiene. ¿Qué más da que ya no llueva? Mejor, así no me mojo el pelo.

Mi día normal se había convertido en el día más raro de la historia de los días. Cuando llegamos al colegio, los alumnos no gritaban. No se oía a las niñas de primero hablar de lo enamoradas que están de ese actor guapo que sale en una serie de esas pijas, ni a los compañeros de mi clase hablar de fútbol. Ni si quiera se escuchó sonar ningún móvil. Y esto último, si que era raro...

A primera tenía educación física. Siempre he sido muy patosa, así que comprenderéis que esto no se me diera demasiado bien. Tocaba hacer circuitos. Nuestra profesora se puso a chillar como una loca a eso de las nueve y cinco de la mañana, diciendo que moviéramos el culo, que eramos unos vagos y que si seguíamos así no tendría más remedio que suspendernos a todos. Esto era lo único que no había cambiado en mi día normal.

El circuito consistía en pasar un par de ruedas, subir y bajar las escaleras dos veces y saltar a la comba con un compañero. Yo,como siempre, preferí hacerlo sola antes de matar con mi torpeza a alguien. Me acuerdo de la hora exacta que era cuando me tocó a mi pasar el circuito, las nueve y cuarto de la mañana (una de las cosas raras de este día, es que no paré de mirar el reloj, todavía no sé muy bien por qué). Salí corriendo e hice el circuito de las ruedas, subí las escaleras y las bajé una vez. En mi segundo recorrido, de la que estaba bajando, tropecé con mis cordones (como siempre, desatados). El choque de mi espalda contra el bordillo, hizo el resto. Intenté levantarme y no podía. Lo volví a intentar y volví a caerme. Justo en ese momento, mi espalda volvió a chocar con ese asqueroso bordillo del escalón. A partir de ahí, perdí el conocimiento, no sé aún muy bien por qué.

Cuando desperté, estaba rodeada de médicos en una habitación. También estaban mi madre y mi abuelo, apretándome la mano.

- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy aquí?- dije preocupada.

- Cariño, no te preocupes por nada ¿vale? Estos señores, te van a curar.

- ¿A curar? ¿De qué? ¿Qué me ha pasado mamá? Yo estoy bien.

- Hola pequeña. Soy el doctor Pardo. Tienes que responderme a estas preguntas ¿vale?- me dijo el doctor más alto. Era rubio y tenía unos bonitos ojos azules. Le recuerdo porque me trató como si fuera una princesa.

- Vale...

-¿Sientes algo aquí?

- ¿Dónde? ¡Si no me está tocando!- dije riéndome.

Entonces vi esa mirada. Mostraba miedo, decepción. Salieron de mi habitación y seguidamente añadieron un “Señora, ¿puede salir un momento?”. Yo empezaba a sentir miedo en mi cuerpo. Así que enfadada me levanté como pude, me puse en pie para ir a hablar con mi madre y ese médico que me daba de lado en cuanto a información. Dispuesta a todo, di un paso y me caí.

-¡Mamá! ¡Mamá! ¡ No puedo caminar! - dije entre lágrimas. Me estaba dando cuenta de que mis piernas no sentían nada. Ni si quiera pellizcos. No lograba dar un solo paso.

- Tranquila cariño. Por favor, no te pongas así. Vas a curarte. Te prometo, que vas a curarte. Este doctor dice que puedes curarte ¿vale?

- Mamá pero...yo no sé hacer nada sin andar mamá. Mamá yo quiero caminar y bailar. Mamá yo quiero sentir. Yo quiero vivir...Mamá...- y no pude seguir. Mis lágrimas llenaron toda la habitación.

A medida que iban pasando los días, se me hacía más duro pensar que no podía salir a pasear por el parque, ni bailar en mi casa, ni si quiera salir con mis amigas a la discoteca. Estar en silla de ruedas era (y perdón por la expresión) jodidamente difícil. Y a pesar de saber, que lo más probable es que nunca más pudiera volver a caminar, lo que más echaba de menos era mi piano. Poder tocar y sentir la música. Porque eso, lo sentía con mi corazón y no con mis piernas.

Estuve seis meses asistiendo a rehabilitación, con el doctor Pardo, que no me dejó en ningún momento. Tuve que visitar a un psicólogo tres veces a la semana, para que se aseguraran de que estaba bien. La verdad, siempre fui muy buena actriz, pero con él no funcionó. Hizo que llorara y me desahogara como no lo hacía con nadie y eso, en el fondo, me hacía sentirme algo mejor.

Mi vuelta al instituto fue horrible para mi. Fui el centro de atención para todos. Desde mis amigos y los que no son mis amigos hasta gente que no conocía de nada...¿Por qué cuando ocurre algo así todos derepente todos se preocupan por ti? ¿No lo podrían haber hecho antes? Yo no quería dar pena ¿vale? Por eso hacía como si no hubiera pasado nada. Vale, iba en silla de ruedas ¿y qué? ¿Por eso me tenían que mirar con esas caras de corderos degollados?

Intentaba evitar el tema por todos los medios. Me costó convencer a mis amigos de que me trataran como si fuera la de antes. Simplemente, porque era la de antes. Lo único que cambiaba es que por las tardes, en vez de ir a clases particulares, iba a clases de rehabilitación.

Con el paso de los meses cada vez me hacía más fuerte. Progresé mucho. Y no puedo ser tan egoísta de decir que fue gracias a mi, porque todo fue gracias a las personas que estuvieron a mi lado. Mi madre y Diego siempre dándome cariño, mis amigos me ayudaban con las clases y me acompañaban a la terapia de grupo y mi abuelo todos los días me compraba esas chocolatinas que tanto me gustan.

Pero sin duda, algo que hizo que yo sacara más fuerza y valor fue Rubén. Lo conocí en la terapia, dos meses después de que me pasara esto. Empezamos a quedar porque nos gustaba hablar de nuestro problema en común y cada vez pasábamos más tiempo juntos. Todo lo que comenzó con una amistad acabó siendo un amor, que hoy por hoy, sigue durando. Después de dos largos años de luchas, el sigue a mi lado. Los dos nos apoyamos mutuamente, y es más sencillo para nosotros afrontar todo esto juntos.

Dicen que no hay mal que por bien no venga. Yo me estoy recuperando y a cambio de eso he conocido a la persona que me hace sentir ilusión cada mañana, he descubierto quienes son los que van a estar a mi lado siempre que los necesite y he recuperado mi fortaleza y mis ganas de vivir.

Nunca me había parado a pensar en toda mi vida que pasaría si me quedara en silla de ruedas o si tuviera un cáncer. Ahora sé que querer es poder. Y sé que todo el mundo, con un poco de valor, fortaleza y una ración enorme de cariño puede afrontar hasta el maremoto más grande de todos los océanos. El día que me digan, que no sé nada de la vida, que yo no puedo opinar, que yo no puedo sentir...les diré que con tan solo dieciséis años me he enfrentado a esto.

Mi día a día intento que sea normal. Tan normal como ese día de diciembre. Todavía tengo que andar en silla de ruedas, pero poco a poco consigo andar. Pasito a pasito. Y por si os lo estáis preguntando... Yo, lo voy a conseguir.

2 comentarios:

Marta Simonet. dijo...

Ufff...(eso para empezar) Y para acabar,diré que no me pregunto nada,porque no dudo que lo vayas a conseguir.Y si por algún motivo,físicamente no lo consiguieras,lo estás consiguiendo cada día psicológicamente a pasos agigantados.



MUA enormes.

Diario de nuestros pensamientos dijo...

si... lo conseguiras